Sánchez (Pedro), Feijóo (Alberto Nuñez), Casado (Pablo), Iglesias (Pablo).

Pero…

Yolanda (Díaz), Adriana (Lastra), Teresa (Ribera), Irene (Montero)…

Se trata de una práctica que muchas personas llevan a cabo sin darse cuenta: referirse a los hombres por su apellido y a las mujeres por su nombre de pila. No es otra cosa que un sesgo sexista que asocia lo masculino con el prestigio y la fama, por encima de lo femenino, y que suele darse con mayor intensidad en ámbitos competitivos, como la política y la ciencia.

Pero… ¿Qué explica este fenómeno?

Según algunos estudios, como el de los investigadores del departamento de Psicología de la Universidad de Cornell (Ithaca, Nueva York), la probabilidad de referirse a un profesional por su apellido es el doble si se trata de un hombre que si es mujer.

Y no es casualidad. El uso del apellido o el nombre para referirse a un profesional influye en cómo es percibida esa persona. Y pese a que puede parecer una diferencia simple, afecta al prestigio que se atribuye cada una: de hecho, el citado estudio también concluye que los profesionales a los que se hace referencia mediante el apellido son percibidos como más eminentes, más famosos, con mayor estatus o acreedores de un reconocimiento mayor.

El hecho de referirse preferentemente a las mujeres por el nombre y a los hombres por el apellido es, pues, un sesgo que contribuye a la brecha de género, pues incide en el prestigio que se atribuye a unos y a otras.

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